Fuga de energía transformadora

Es una obviedad que la emigración nos priva de los profesionales mejor formados. Los medios de comunicación se han hecho eco de forma profusa de la tragedia económica que supone esa fuga de conocimiento. Pero hay otra forma de ver el asunto, tal vez igual de obvia pero generalmente poco tenida en cuenta: lo peor de la emigración no es el despilfarro económico de haber formado a tantos y tantos jóvenes que después ponen sus conocimientos al servicio de un país que no ha gastado un céntimo en ellos. Lo peor es que con ellos se nos va buena parte de la energía que podría hacer posible el cambio social, económico, cultural, político.

Una ley universal de las migraciones dice que siempre se marchan aquellos habitantes que tienen unas expectativas de vida imposibles de realizar en su tierra. En contra de la creencia más extendida, casi nunca emigran los más pobres. O nunca emigran los primeros, entre otras cosas porque carecen del dinero necesario para emprender el viaje. Sobrevivir cada día es su único horizonte. Los primeros en irse son los más inquietos, los insatisfechos, los que pese a tener asegurada la subsistencia, aspiran a un horizonte mejor.

Muchos padres españoles no entienden ahora que sus hijos emigren teniendo asegurado “un plato en la mesa”. Ignoran que el hambre de esos jóvenes no se sacia con el plato. Les mueven otras inquietudes. Lo que caracteriza al emigrante no es tanto su búsqueda de nuevos horizontes como el rechazo del que les rodea. Por eso muchos sienten al principio un ambivalente amor-odio por la tierra que les escatima la oportunidad de realización profesional.

La tragedia de África no es que se vayan los pobres, sino los descontentos, los desesperados. Los desesperanzados sería mejor llamarles. Lo mismo ocurre ahora aquí. Y todos los gobiernos les ponen alfombras. A (potencial) enemigo que huye, puente de plata. Franco tributaba homenajes a los valerosos españoles que demostraban a los alemanes su capacidad de trabajo y su disciplina en las fábricas. También ensalzaba su patriotismo al mandar gran parte del salario en forma de divisas y por defender el idioma y las costumbres españolas allá donde estuvieran.

Ahora, dirigentes del Gobierno de Mariano Rajoy han llegado a decir que los jóvenes no se van por la falta de esperanza en su país, sino por su espíritu aventurero. Lo ha dicho la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Rosal. En realidad, cuando un país está en la situación de España, la aventura no consiste en emigrar, sino en quedarse. Lo arriesgado es seguir a la espera del milagro que saque a España del atolladero, poner tu futuro en un Gobierno como el que tenemos. Por eso en los dos últimos años se han ido casi un millón de personas.

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Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
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