Cementerio de palabras muertas

Las lenguas son seres vivos cuyos componentes, las palabras, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Raro es el día que no irrumpe en nuestras vidas una nueva palabra sin saber de dónde viene ni quién le dio el ser. Pronto la adoptamos como propia y nos acostumbramos a su compañía y hasta parece que siempre estuvo entre nosotros, que nunca se irá de nuestro lado. Las hay que se ponen de moda y nos persiguen hasta el hartazgo. Pero no es de las nuevas palabras de las que quiero escribir, sino de las que se nos fueron, calladamente casi siempre, arrastradas por los cambios sociales, por la desaparición de oficios, sustituidas por otros usos.

Son palabras que a duras penas logran asomarse por un instante a la vida actual, a veces emergiendo de las páginas de una novela de autor costumbrista, a veces ante el mostrador de una ferretería donde un anciano pide un almocafre o una alcuza. Siempre me ha atraído la idea de coleccionar esas palabras que huelen a alcanfor, a bujía de estearina, a herriza reseca, a secreter de madera aceitosa.

Palabras que uno no sabe cómo y cuándo se fueron, pero que murieron definitivamente como los oficios que nombraban. A ver quién (con menos de 40 años) sabe qué es un alarife. El otro día me lo preguntó una amiga ante la placa dedicada a los alarifes Ruiz Florindo que hay en Fuentes de Andalucía. O qué es un sollastre o un talabartero. Hay otras palabras que, aunque fenecidas, dejan entrever su significado: albañalero, ropavejero, aguador, pilero u hornero. Las hay completamente olvidadas (pelarruecas, calafate, alboguero) y las hay que agonizan: sereno, arriero, lazarillo, buhonero, recluta, hojalatero…

Tuvieron un lugar bajo las estrellas, durante siglos alumbraron ideas o alimentaron afanes. Permiten entrever un mundo de quinqués, candelabros, trébedes y jofainas. No puedo dejar de sentir pena por la muerte de cada una de esas palabras con las que me reencuentro de tarde en tarde. Porque sirvieron a quienes las usaron para conocer el mundo en que el vivían, fueron parte de sus vidas, dieron forma a sus pasiones. Conformaron, en definitiva, una cultura. Aunque hoy simplemente descansen olvidadas en el cementerio de las palabras muertas. Merecen al menos un reconocimiento.

Seguro que recuerdas algunas que fueron parte de tu universo o de tus padres o abuelos: almanaque, lumbre, misto, candela, serón, yunque, gubia, aldaba, palmatoria… A modo de homenaje, añade aquí las que tu memoria guarda.

Anuncios

Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s