Nada de milagros

No hay peores y mejores corrupciones, sino consecuencias más o menos graves. Y la más grave de la corrupción política no creo que sea la merma que sufren las arcas públicas, sino el deterioro de un sistema político, la democracia, que mientras no seamos capaces de encontrar otro que lo mejore, es el menos malo posible. El fraude ideológico, la estafa política, merece el mayor de los reproches. Por el engaño que supone y, sobre todo, porque dilapida un patrimonio irreemplazable.

Llevamos tiempo atrapados por una espiral de descrédito de la actividad política en la que parecen actuar de común acuerdo los propios políticos con sus actuaciones injustificables y determinados medios de comunicación -con una legión de tertulianos como arietes- obsesionados con acabar con la seriedad, el trabajo, la sensatez y la ponderación que nos sirvieron para sacar a este país del enfrentamiento fratricida y el atraso económico.

¿A dónde nos lleva esto? Como mal menor, a los brazos del populismo tipo Berlusconi. O peor aún, a los brazos de cualquier salvapatria. No se me ocurre otra salida a esta caída en picado del crédito de las principales instituciones del sistema político. Los partidos y sus dirigentes son desde hace tiempo el tercer problema que perciben los ciudadanos españoles, sólo por detrás del paro y las cuestiones de tipo económico. El 20 por ciento de los encuestados por el CIS apunta en esa dirección. Los sindicatos tampoco se salvan de la quema y curiosamente el ejército es una de las pocas instituciones que ascienden en la escala de prestigio popular.

¿Es eso fruto de la realidad o el reflejo de una batalla que da por buena cualquier arma para conseguir el poder? ¿Todos los políticos y sindicalistas de este país se han puesto de acuerdo para dejarse corromper? Por supuesto que no. Pero algunos medran en ese ambiente. ¿Quiénes? Aquellos cuyas opciones mejoran en la misma medida en que empeoran los controles públicos. Los que nos dicen “dejen en mis manos la gestión de sus intereses, que los políticos no van más que a lo suyo”.

Claro que hay muchos políticos corruptos y otros que no se guían más que por sus intereses, pero eso no debería llevarnos a la conclusión de que el sistema no vale y a echarnos en manos del primero que proponga soluciones simples y rápidas. “Esto lo arreglaba yo en dos días”. Acordémonos de Jesús Gil y sus secuaces.

O si llegamos a la conclusión de que el sistema de representación política que tenemos está agotado, pongámonos manos a la obra a buscar otro. Tal vez los partidos tradicionales estén superados o necesitados de un revulsivo que les haga retornar a la representación de los intereses de los ciudadanos. Quizá las nuevas tecnologías puedan abrir formas inéditas de participación. Maneras diferentes de actuar, pero que sean participativas, transparentes, solidarias, integradoras, públicas. En definitiva, democráticas. Nada de milagros.

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Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
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Una respuesta a Nada de milagros

  1. Emilio Castro dijo:

    Y… mientras tanto en mi barrio,Nueva Sevilla, un barrio del extraradio, nacido de las crecidas del rio Guadalquivir de los años sesenta, las preocupaciones principales oscilan entre el paro de los hijos que no encuantran la manera de echar a volar, el Betis que no encuentra la forma de subir a primera y el precio de la “cervecita” que no hace sino subir.
    Con el Euribor ya ni se atreven .

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