Otoño lluvioso

Sevilla, 5-12-2010

El día se resiste a despertar en los campos cubiertos por la niebla. El denso velo blanco caído durante la noche persiste buena parte de la mañana. No hay nada alrededor más allá de este manto algodonoso. El silencio aleja la remota posibilidad de vida en muchos kilómetros a la redonda. El mundo entero se circunscribe al pequeño círculo de tierra empapada bajo los pies y a una hilera de olivos llorosos que, como fantasmas, pasan por la vereda. Que no llueva a esta hora parece un milagro porque el otoño viene cargado de agua y soledades.

A media mañana levanta despacio la niebla para dejar ver la alameda, los montes de San Pedro, el arenal, el cauce del arroyo La Madre. Poco a poco se ensancha el horizonte, tamizado por un círculo de resplandores metálicos y, en lo alto, cargado de nubes. El aire es mineral.

El tiempo se ha metido en agua. Otoño de campos anegados, aire opaco, atmósfera asmática. Aire tan cargado de humedad ya que moja sin necesidad de que llueva otra vez. Surcan la campiña sevillana infinidad de arroyos que, al capricho de las depresiones entre las lomas, unas veces van al sur y otras parecen darse la vuelta para enfilar al este. Aire que cristaliza en gotas diminutas sobre las hojas de los trigos que apenas sobresalen unos centímetros del barrizal.

Bajo los pies, el suelo se hunde. En los hondones se han ido formado lagunas y en las lomas brillan los cantos rodados bajo un cielo triste que amenaza desplomarse otra vez. En una ladera donde la sementera se ha tragado ya los lomos de los cantos destaca el perfil pardo de una bandada de perdices que aguantan la inclemencia con los pescuezos encogidos, casi cubiertos entre las alas. Deja de llover y al instante está lloviendo de nuevo. Aún no ha pasado una nube y llega otra. Definitivamente, el otoño se ha metido en agua.

Los olivos tienen las ramas dobladas por el peso del fruto y la carga de agua. Cada pie es un charco y en las calles, los rodales de los tractores trazan surcos que el cielo convierte en acequias. Así no hay forma de cosechar. Las aceitunas engordan y maduran lustrosas. En la taberna o en la mesa camilla los jornaleros aguardan que escampe, los albañiles que se oreen los ladrillos enguachinados, las madres que sequen los zapatos empapados de los niños. Con buen criterio alguien hace sonar la música que canta “un balada de otoño, un canto triste de melancolía”.

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Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
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2 respuestas a Otoño lluvioso

  1. julio dijo:

    Muy bueno, me llega la melancolía al cuerpo con tu escrito y me viene a la memoria mi juventud por esos campos que tan gráficamente describes, noto cierta envidia al no poder disfrutar de tan húmedo pero a su vez familiar paisaje, un abrazo

  2. Rios dijo:

    Leo tu maravilloso canto al otoño mientras llueve copiosamente
    y no hay cosa mejor que pueda hacer en este momento.

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