El gimnasio (la hora de los jubilados)

Sevilla, 20-11-2010

Debe de ser el lugar de la ciudad que a lo largo del día ve pasar la más diversa fauna humana, variada en clases sociales, edad, sueños y aspiraciones. A eso de las nueve de la mañana el gimnasio se llena de jubilados, gente que durante años ha soñado con la llegada del momento en el que no tuvieran que hacer nada, olvidarse de tener que acudir cada mañana al trabajo y que ahora, paradojas de la vida, todos los días encamina sus pasos a machacarse con cintas, bicicletas estáticas y todo tipo de potros de tormento. Si les pagaran por eso no iría ni uno. En todas partes te pagan por trabajar, aquí te cobran.

Mochila a la espalda, los jubilados entran arrastrando los pies, se desnudan desparramando órganos, zapatillas, calcetines, toallas. Una vez en la sala de ejercicios, encaramados a la bicicleta, sudan, sudan, sudan hasta que entra la cincuentona que les trae a todos de cabeza, el chándal ajustado, el pelo recogido en una cola que oscila con el movimiento de las caderas. Empieza el peregrinaje ante la estática en la que se ejercita, incluido el monitor, el gallo del corral. A veces forman corrillo, algunos la piropean y otros la siguen con la mirada cuando ella deja de pedalear para estirar. Da gusto verla tan elástica.

Regresan al vestuario rejuvenecidos. Ya no arrastran los pies, alzan la voz, se miran de reojo en los espejos, estirados, redescubriendo inédita musculatura. En la ducha alguno desafina “o sooooole miiiiio”. Se estremecen las cañerías del edificio, suenan estallidos de intestinos. Algarabía de puerta de colegio frente a las taquillas, cuyos candados penden cual atributo de jubilado.

El candado, ese es el problema. Dónde habré puesto la llave. ¡Si la llevaba cogida con una cinta en la muñeca! Tranquilo, sólo tengo que volver sobre mis pasos. Tal vez se me cayó en la ducha, no, quizás en el pasillo, tampoco, en la escalera, qué va. Qué hago aquí en medio con una toalla anudada a la cintura por toda ropa. ¿Volver a casa así? Ridículo. A ver, tranquilidad, que no cunda el pánico. El otro día hubo uno que pasó media mañana buscando su taquilla porque no recordaba en cuál había metido su ropa y casi todos los candados eran iguales. Tuvo que probar la llave candado por candado  hasta que dio con el suyo.

Entonces aparece el monitor, ahora no gallo sino héroe, provisto de una cizalla dispuesto a derribar el muro que se interpone entre mi ridícula desnudez y mi coraza 20% algodón, 80% acrílico. Un círculo de curiosos multiplica por quince mi sensación de ridículo y ya no sé si el rubor que me enrojece es fruto del calor húmedo del vestuario o de la vergüenza.

Pero no hay mal que por bien no venga. La solidaridad se impone y al final el corrillo deriva en movimiento de simpatía que acaba en la cafetería compartiendo café y tostada. Para conservar la línea, ocupar el tiempo -la jubilación tiene estas pequeñas compensaciones, dicen a modo de consuelo- y contar batallitas.

 

Anuncios

Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s