Apuntes sobre el caso Malaya

Málaga, 28-09-2010

Vistos así, sentados en el silencioso banquillo, los 95 acusados en el juicio del caso Malaya, el mayor proceso contra la corrupción abierto en España, parecen no haber roto nunca un plato. Desplazan un aire de suficiencia al caminar por el pasillo hacia la calle después de la sesión. Andan relajados y se diría que hasta satisfechos consigo mismos. Menos uno, Juan Antonio Roca, todos están libres y eso parece aliviarles el peso de la justicia que debería tenerlos doblados.

Viéndoles así, los botines de charol blanco de uno, el florido pañuelo en el pecho de otro, la melena algodonosa de otra, me viene a la memoria la máxima que empleaba Jesús Gil, el gran capo de la cosa marbellí, para arengar a los suyos: de la cárcel de sale, de pobre no. Con un poco de suerte y abultadas minutas de abogado, tal vez ni siquiera tengan que entrar en prisión. Es lo que pretenden haciendo suya la consigna de que la mejor defensa es un buen ataque.

Las dos primeras sesiones del juicio se han convertido en un ir y venir de abogados arrimando dinamita a los cimientos del edificio sumarial laboriosamente levantado por el juez Torres. Van a por todas porque en esta fase del juicio toca jugar la carta más alta. Destruir al enemigo. Tiempo habrá para cuestiones menores cuando desciendan al meollo de las acusaciones, cuando haya que analizar los comportamientos de los acusados, las pruebas periciales, las contradicciones…

Si los abogados consiguieran invalidar las pruebas obtenidas mediante escuchas telefónicas y algún que otro registro al parecer realizado sin la presencia del detenido, la torre erigida por el magistrado caería como un castillo de arena. No lo tienen fácil porque están delante de un tribunal acostumbrado a estas artimañas y el presidente de la sala, José Godino, emerge de su toga granítico como un totem. Semeja un luchador de sumo entre cuyas piernas corretearan los enanos de Liliput tratando de tumbarlo y trabarlo. Godino ha pedido a los abogados que no traspasen el límite de la cortesía con el juez Torres.

Tiemblan los cimientos del sumario cuando resuena en la sala de vistas la voz de un abogado acusando al juez Torres de haberlo tratado de forma inhumana durante los interrogatorios. El abogado Francisco Soriano Zurita, imputado como presunto testaferro de Roca, dice que él estuvo seis días sin comer ni beber sometido a “la planta del terror” en la que juez manejaba el potro de las torturas.

Desde el punto de vista político sería dramático ver cómo se derrumba ese edificio, sobre todo por contraste con la solidez que muestran los bloques de apartamentos que la trama sembró de forma ilegal por toda Marbella y que, apenas cuatro años después del desmantelamiento del ayuntamiento, han sido legalizados mediante una reforma del PGOU: con la coartada de los votos el gilismo los autorizó, previa recalificación de suelos y cobro de comisiones por debajo de la mesa, y con la coartada de las urnas les da cobertura legal la actual alcaldesa, Ángeles Muñoz. Conclusión, haz lo que te plazca que alguien vendrá a arreglarlo.

El banquillo no parece tal cosa, sino que los acusados Malaya asisten a una conferencia sobre moralidad y buenas costumbres. Nada parece haber cambiado desde que tenían en sus manos el destino de una importante ciudad, cuando a su paso la gente les hacía reverencia -ahora se las siguen haciendo esos que se ganan la vida gritando en los programas de televisón- y les votaba masivamente cada vez que había elecciones. En Marbella nadie parece acordarse de esto último.

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Acerca de josebejarano

Periodista andaluz
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