El titular de prensa es un fogonazo de luz, no de metralla

Exclusiva

 

Hoy, 3 de mayo, es el Día Mundial de la Libertad de Prensa.

Uno busca cada mañana fogonazos de luz en los titulares de los periódicos. Claridad, elocuencia, ingenio en el punto de vista. ¿Y qué encuentra? Fogonazos de metralla. Titulares como balas. Trallazos. Y en el inmenso campo de batalla, una humareda que ciega toda posibilidad de encontrar inteligencia. Un fétido olor a pólvora se enseñorea de las redacciones. Salvo honrosas excepciones, en las portadas asoman los primeros cañonazos. Le sigue el fuego graneado de los titulares de interior. Confusión generalizada de fusileros y en ese fragor, dispara igual el que informa y el que opina, quien hace el editorial y quien escribe el pie de foto. Dispara hasta el que maqueta la esquela.

Igual que las balas salen forzadas por el estallido de la pólvora, se imprimen titulares  forzados por los intereses en litigio. Luego, cuando uno desciende a la información comprueba que no hay ni la mitad de lo que proclama el encabezamiento. Retorcidos, los titulares confunden al lector y lo llevan a conclusiones que nada o casi nada tienen que ver con la realidad. No importa el hecho, sino la posibilidad de utilizarlo como ariete. No hay criterio profesional ni proporcionalidad en la selección de las noticias, sino puntería para cobrarse la cabeza del adversario. Ni ponderación ni contraste.

Tan ensimismados (y entusiasmados) están en la batalla que no se dan cuenta de que cavan su tumba. En cada disparo se les va un puñado de credibilidad y con ella todo lo que le da sentido al periodismo. Sin credibilidad el periodismo muere, lo mismo que sin libertad. La prensa en nuestros países tiene libertad, al menos formalmente, pero ha perdido la credibilidad al meterse en la trinchera política y en las servidumbres económicas, cuando no en el espectáculo del circo televisivo, en el morbo o en lo huero. Desdeñan la capacidad de discernir de sus propios lectores y tarde o temprano acaban pagando su error.

Luz, luz por favor. Un poco de luz y menos pólvora en los titulares. Fogonazos de luz cada mañana.

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INNOVACIÓN ANTE LA CRISIS DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Podíamos haber decidido crear un diario digital y hubiese sido una buena idea. Podíamos haber optado por inventar una cooperativa que facilitase la facturación de los miles de freelance que, muy a su pesar, proliferan en el sector y hubiese sido un buen instrumento para mejorar sus condiciones de trabajo. Podíamos habernos inclinado por impulsar una cadena de emisoras de radio y hubiese sido otra posible alternativa a la calamitosa situación de desempleo que viven los profesionales de los medios de comunicación. Podían… pero finalmente optamos por hacer todo eso y mucho más.

La organización SBP-Comunicadores Asociados acaba de encender una luz al final del túnel. Sus impulsores hemos pasado un año encerrados buscando la fórmula capaz de ofrecer soluciones a un sector, el de la comunicación, afectado por una reconversión sin precedentes. El bálsamo es una mezcla de ingeniería social, iniciativa empresarial y regeneración ética. Con SBP-CA, periodistas, fotoperiodistas, operadores de cámara, técnicos, diseñadores… tienen la oportunidad de empezar a salir del hoyo y hacerlo demostrando que no sólo innovan los ingenieros, los químicos o los biólogos. En este caso no ha habido probetas ni cálculos algorítmicos, sino confluencia de voluntades, flujo de ideas, compromiso ético, modelo de negocio, instrumentos legales, potencialidades…

Lo primero, el diagnóstico de la situación y causas que la han provocado. El sector de los medios de comunicación vive una de las crisis más agudas de su historia, fruto de la coincidencia de tres fenómenos de efectos demoledores: la galopante degradación ética que ha dejado al periodismo huérfanos de credibilidad; la irrupción de Internet que les obliga a buscar un nuevo papel como informadores y el desmoronamiento de los ingresos por publicidad que lleva a las empresas a prescindir de sus profesionales más valiosos. Cada uno de esos tres factores merecería un capítulo para hacerse una idea cabal de la situación, en especial la toma de la propiedad de los medios por parte de capitales que acuden a ellos con intereses ajenos a los fines sociales que proclaman las empresas de comunicación.

En resumen, no hay futuro porque han saltado por los aires dos elementos íntimamente relacionados y que son claves en la estructura comunicativa: la credibilidad de los profesionales que confiere a su trabajo carácter de utilidad social y las empresas que posibilitan el empleo. El resultado es una reconversión que nada tiene que envidiar, en lo negativo, a la sufrida en su momento por la minería, la siderurgia o la actividad de astilleros. Reconversión a costa de los profesionales, que en este caso además, no tienen organización que les represente y les dé voz. Algunas estimaciones hablan de cerca de diez mil periodistas despedidos desde 2009. El año pasado, 4.800 periodistas perdieron el empleo, según la Federación de Asociaciones de la Prensa. Alrededor del 20 por ciento de estos periodistas son ya colaboradores. Nada se sabe de los otros profesionales del sector, por lo general en peor situación.

De la parálisis a la hiperactividad. En un primer momento, la crisis dejó a los profesionales paralizados e instalados en el lamento. Pero eso ha durado poco. Ahora se cuentan por miles los que impulsan proyectos, por lo general pequeños, cuando no minúsculos. Todos bajo el denominador común de estar asfixiados por la falta de ingresos que los hagan rentables. El riesgo ya no es la parálisis de hace uno o dos años, sino la fragmentación y el caos. La obsesión por encontrar el “modelo de negocio”, el bálsamo de fierabrás que todos persiguen, ha llevado a olvidar que hay un problema de fondo capaz de lastrar hasta el proyecto mejor hecho: la falta de credibilidad. Mientras la sociedad no considere valioso el papel del periodismo de calidad, la mayor parte de los medios nacidos y por nacer morirán en el intento. Como advirtió Machado, sólo los necios confunden valor y precio.

Un timón para retomar el rumbo. El desolador panorama descrito nos llevó a los profesionales de SBP-CA a no centrar su proyecto a la idea inicial de fundar un diario digital. Si el diagnóstico es de extrema gravedad, lanzar otro medio de comunicación hubiese sido responder al cáncer con una aspirina. Otro más a malvivir. Por eso nos adentramos en la aventura de idear un sistema que fuese realmente nuevo, ambicioso y a la vez modesto. Que, por su amplitud, le permita ser autosuficiente. Para empezar, elaboramos un documento denominado “modelo de periodismo” que compromete a todos sus integrantes a no traspasar una serie de líneas rojas. No se pueden repetir errores. El documento nos sirve a los periodistas para presentarnos ante la sociedad enarbolando la bandera de la autocrítica y con el compromiso del respeto a las normas éticas de la profesión. La enseña es soltar lastre político y servidumbres económicas, además de tender puentes con la sociedad.

Para velar por las señas de identidad del periodismo y ser interlocutor ante la sociedad y ante los poderes, los comunicadores necesitamos una organización potente. De esa convicción nació el 15 de diciembre de 2012 en Osuna la asociación SBP-Comunicadores Asociados. El parto fue auspiciado por la Asociación de la Prensa de Sevilla y el recién nacido ha sido recibido con los brazos abiertos por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE). No se trata de competir, sino de sumar. SBP-CA es el tronco común de cuya savia se nutrirán las ramas que broten a partir de ahora. La primera germinó el 10 de este mes de abril: SBP-CA de Impulso Empresarial, Sdad. Coop. And. Sus funciones son hacer más llevadera la vida laboral de los colaboradores, los más desfavorecidos del sector, y propiciar la unión de emprendedores para lanzar proyectos sostenibles. Era lo más urgente.

Para funcionar, el sistema necesita adquirir gran volumen de asociados. Sobre todo porque tiene vocación de ser la voz de todo el sector para pilotar la reconversión. Lo mismo ocurre a la hora de facturar a través de la cooperativa. En la medida en que haya volumen de facturación podrá pensarse en bajar el 7,5% y en aumentar las prestaciones. Si el tamaño lo permite podrá incorporar otros ámbitos de actividad como la contratación de seguros, leasing para vehículos o para equipos de grabación y fotografía… Las posibilidades no son infinitas, pero casi.

Sin ánimo de lucro. Lo mismo que la asociación (el tronco), la cooperativa de impulso (primera rama) es sin ánimo de lucro, lo que no significa que tenga que perder dinero, sino que los beneficios serán invertidos en nuevos proyectos del grupo empresarial. Lo mismo que la futura cooperativa de segundo grado, que verá la luz después del verano. Está pensada principalmente para mejorar las posibilidades de las pequeñas empresas para competir con las grandes mediante la mutualización de costes, el impulso de centrales de compra, la venta de publicidad compartida, uniones temporales para aspirar a licitaciones que exigen mayor tamaño… Economía de escala y tantos servicios comunes como estén dispuestos a impulsar sus integrantes.

Asociación, cooperativa de impulso, de segundo grado, cadena de radio… Antes de que acabe el año estará a punto una plataforma multimedia. Ya se ha constituido el comité científico Universidad de Sevilla-SBP-CA para poner en marcha dos investigaciones que están sobre la mesa. Si todo lo anterior funciona, el año que viene se verá crecer la primera cadena de radio –también on line- creada y gestionada por periodistas. Luego vendrán más proyectos.

A los impulsores nos gustaría decir que SBP-CA es fruto del espíritu inquieto, curioso, emprendedor de los periodistas… pero eso sería mentir. La triste realidad es que no nos quedaba más remedio que reinventarnos ante la situación calamitosa que vive el sector, zarandeado por los efectos de tres huracanes sucesivos: la galopante degradación ética que nos ha dejado sin la brújula de la credibilidad; la irrupción de Internet que ha puesto la nave al pairo y sin patrón (cualquier puede ejercer de periodista) y, como remate, las empresas creen que no necesitan las velas de los informadores para impulsar la nave. Ante ese ciclón ¿podíamos permanecer instalados en el lamento? No, sólo podíamos echar a andar y eso es lo que hemos hecho.

Este texto también puedes leerlo en Público.es: http://blogs.publico.es/otrasmiradas/702/innovacion-frente-a-la-crisis-de-los-medios-de-comunicacion/

 

 

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Fuga de energía transformadora

Es una obviedad que la emigración nos priva de los profesionales mejor formados. Los medios de comunicación se han hecho eco de forma profusa de la tragedia económica que supone esa fuga de conocimiento. Pero hay otra forma de ver el asunto, tal vez igual de obvia pero generalmente poco tenida en cuenta: lo peor de la emigración no es el despilfarro económico de haber formado a tantos y tantos jóvenes que después ponen sus conocimientos al servicio de un país que no ha gastado un céntimo en ellos. Lo peor es que con ellos se nos va buena parte de la energía que podría hacer posible el cambio social, económico, cultural, político.

Una ley universal de las migraciones dice que siempre se marchan aquellos habitantes que tienen unas expectativas de vida imposibles de realizar en su tierra. En contra de la creencia más extendida, casi nunca emigran los más pobres. O nunca emigran los primeros, entre otras cosas porque carecen del dinero necesario para emprender el viaje. Sobrevivir cada día es su único horizonte. Los primeros en irse son los más inquietos, los insatisfechos, los que pese a tener asegurada la subsistencia, aspiran a un horizonte mejor.

Muchos padres españoles no entienden ahora que sus hijos emigren teniendo asegurado “un plato en la mesa”. Ignoran que el hambre de esos jóvenes no se sacia con el plato. Les mueven otras inquietudes. Lo que caracteriza al emigrante no es tanto su búsqueda de nuevos horizontes como el rechazo del que les rodea. Por eso muchos sienten al principio un ambivalente amor-odio por la tierra que les escatima la oportunidad de realización profesional.

La tragedia de África no es que se vayan los pobres, sino los descontentos, los desesperados. Los desesperanzados sería mejor llamarles. Lo mismo ocurre ahora aquí. Y todos los gobiernos les ponen alfombras. A (potencial) enemigo que huye, puente de plata. Franco tributaba homenajes a los valerosos españoles que demostraban a los alemanes su capacidad de trabajo y su disciplina en las fábricas. También ensalzaba su patriotismo al mandar gran parte del salario en forma de divisas y por defender el idioma y las costumbres españolas allá donde estuvieran.

Ahora, dirigentes del Gobierno de Mariano Rajoy han llegado a decir que los jóvenes no se van por la falta de esperanza en su país, sino por su espíritu aventurero. Lo ha dicho la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Rosal. En realidad, cuando un país está en la situación de España, la aventura no consiste en emigrar, sino en quedarse. Lo arriesgado es seguir a la espera del milagro que saque a España del atolladero, poner tu futuro en un Gobierno como el que tenemos. Por eso en los dos últimos años se han ido casi un millón de personas.

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Es Ana García, periodista

Salgo de este fin de semana triste, inquieto, preocupado. La causa es la detención de Ana García, periodista de La Sexta, acusada de ¡cinco delitos! cuando grababa la carga policial en una protesta en Sevilla contra los desahucios. Le imputan nada menos que “ocupación ilegal de inmueble, atentado a agentes de la autoridad, desobediencia, lesiones y daños”.

Poco más y le aplican la ley antiterrorista. Ella lo niega todo, por supuesto. Es más, la detuvieron antes de la carga policial, lo que hace pensar en una intención calculada de eliminar testigos incómodos. La Asociación de la Prensa de Sevilla va a exigir una explicación a la delegada del Gobierno, Carmen Crespo, en una reunión pedida este mismo domingo de forma urgente. Es lo menos que cabe esperar de la máxima responsable de la actuación policial.

Porque lo importante aquí no es sólo lo que haya podido grabar Ana, que lo es. Ni siquiera el derecho de una periodista a recoger imágenes de una noticia, que también lo es. Lo que está en juego es el derecho de los todos los ciudadanos a una información libre. Nada más y nada menos. La detención de Ana es una vulneración grave de la Constitución y un atentado gravísimo contra la libertad de prensa.

Fin de semana triste que le deja a uno el temor de haberse adentrado en una especie de túnel del tiempo que le devuelve al pasado más tenebroso. El temor a verse abocado de nuevo a pedir lo obvio: que la libertad de prensa no admite cortapisas y que el poder ha de asumir que sus actuaciones deben estar sometidas a la fiscalización permanente de la opinión pública, para lo cual es ineludible que los periodistas tengan libre acceso a todos los rincones. Incluidos los rincones más sombríos de las cloacas del Estado, si los hubiera.

No es éste el caso, puesto que Ana sólo grababa una protesta en plena calle. Por lo tanto, que se archiven de inmediato las diligencias judiciales, que le devuelvan el material requisado, que la delegada del Gobierno le pida disculpas públicamente… Y sobre todo, que este triste suceso sirva al menos para que no vuelva a ocurrir nunca más.

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Soy José Bejarano, periodista

Hace años compartí trabajo con un periodista, Ángel Galdo, que jamás añadía a su presentación el nombre del medio de comunicación para el que trabajaba. Llamaba por teléfono y decía “soy Ángel Galdo, periodista” y pedía hablar con quien fuera. Yo entonces no entedía la trascendencia de su empeño. Ahora lo comprendo y en reconocimiento le dedico esta reflexión.

Él no se equivocó, como la mayoría, al mezclar su identidad profesional, y por ende su prestigio e independencia, con la marca del medio que le pagaba. Estábamos a principios de los años ochenta y aún faltaba mucho para que las empresas se embarcaran en extrañas aventuras que culminarían con la venta de su alma periodística a cambio de concesiones y prebendas. En consecuencia, muchas empresas, por no decir todas, han acabado enfrascadas en la guerra política e intereses ajenos a su función informativa y han arrastrado a sus profesionales a la trinchera.

Ése es el juego de las empresas. ¿Y el nuestro como profesionales? De momento, salvo excepciones, seguimos en la confusión que tanto inquietaba a Ángel. Seguimos añadiendo a nuestra identidad el apellido del medio que figura en nuestra nómina. El que aún tenga nómina, claro. El temor que preveía mi antiguo compañero de trabajo se ha convertido en tragedia. Ya no es que el apellido nos reste crédito profesional en beneficio del medio, sino que decir que eres Periquito, del diario El País o de la SER, connota abiertamente una determinada posición ideológica. Lo mismo que presentarse como Periquito, de ABC o El Mundo.

El problema nos ha calado tan hondo que ni siquiera somos capaces de verlo. Estos días, al seleccionar una serie de periodistas para participar en un proyecto, nosotros mismos acabamos primando los criterios políticos sobre los profesionales. Es lo que hacemos en las tertulias mediáticas, en cuya elección pesa tanto la adscripción política que devienen fotocopias de los debates parlamentarios.

El actual derrumbe de la profesión periodística empezó a fraguarse mucho antes de la crisis económica: fue en el instante en el que unimos de forma tan obscena el apellido de la empresa al nuestro. Reproducimos el discurso del sistema imperante como reproducimos miméticamente las posiciones y las líneas editoriales. Mientras actuemos así, los periodistas seguiremos siendo parte del problema, no la solución. El reto que tenemos sobre la mesa, más que luchar contra la precariedad laboral o el intrusismo, es recuperar nuestra identidad diferenciada. Una buena forma de empezar es reivindicar que #soyPeriodista, pero avanzar exige romper el discurso del alienígena que habla por nuestra boca. Soy José Bejarano, periodista.

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El tributo de la muerte

 

(Después de escribir lo que sigue se ha producido un nuevo suicidio: una mujer de Barakaldo se ha tirado por la ventana cuando iba a ser desalojada. ¡Rabia añadida!)

Circula por las redes sociales un chiste que pregunta qué se puede esperar de un país en el que Bribón es el yate del rey, Botín su principal banquero y Mato su ministra de Sanidad. Como gracia está bien. Yo añado el elemento trágico. Qué se puede esperar de un país en el que los cambios legales todavía cuestan sangre a sus habitantes. No es un dato histórico, sino actual. Sangre ha costado que los jueces y los partidos políticos se arremanguen para aflojar la soga que aprieta el cuello de las familias que no pueden pagar su hipoteca.

Varios ciudadanos han tenido que quitarse la vida asfixiados por la insensibilidad de los banco acreedores, por la indiferencia de muchos jueces que aplican la ley y por los partidos ocupados en el reparto de cuotas de poder más que en atender las necesidades de sus votantes. ¿A quién votó en las últimas elecciones el vecino de Granada que se colgó de una viga el mismo día que una comisión judicial iba a desahuciarlo? ¿Cuántas veces se arrepintió de haber votado antes de anudarse la soga al cuello?

Antes que él hubo otros desesperados que se quitaron la vida, pero no se les dio la menor importancia. Viene a la memoria la tragedia de Ana Orantes, también granadina, cuya muerte quemada viva por su marido en diciembre de 1997 hizo que la violencia machista irrumpiera por fin en la agenda política. Hubo otras muchas muertes antes y después, pero ahí sigue el dramático requisito de la sangre para que la sociedad española tome conciencia y para que los partidos acepten llevar a cabo cambios legislativos.

Ahora se han puesto de acuerdo PP y PSOE para hacer las reformas que impidan los llamados “desahucios exprés”.  El ayuntamiento de Sevilla ha desistido de desalojar a algunos usuarios de las viviendas municipales y los decanos de los jueces reunidos en Barcelona han advertido de que no piensan seguir siendo los cobradores del frac de los bancos.

Conozco a una procuradora que se desvinculó de un banco hace tres años porque se le removían las tripas cuando tenía que representar a su empresa en la ejecución de desahucios. Tres años más tarde y algunos muertos después, parece que también a los jueces les remuerde la conciencia. Considera un documento elaborado en el seno de la judicatura que “la legislación actual concede enormes privilegios procesales a las entidades bancarias en perjuicio de los ciudadanos y eso provoca una indefensión importante y posibilita abusos. Pedimos una legislación más igualitaria”.

Antes de la muerte del granadino Miguel Ángel D., quienes decían eso mismo eran tildados de radicales o antisistema. ¡Hasta el Tribunal de Justicia de la UE ve ahora ilegal la ley española sobre desahucios! Está bien que se rectifique, pero a veces el daño es irreparable. La semana pasada murieron cuatro chicas en una fiesta de Madrid y días después el ayuntamiento decide cerrar dos edificios públicos para verificar su seguridad. Siempre el tributo de la muerte para hacer lo que exige el simple sentido común. Qué puede esperarse de un país que necesita tener difuntos sobre la mesa para tomar decisiones.

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¡Qué difícil es volver a las carreteras secundarias!

Viajar por autopista tiene la ventaja de la velocidad y el inconveniente de que no te da tiempo a disfrutar del paisaje. Recorres cientos de kilómetros sin ver más que coches y más coches. Sabes de los pueblos por los carteles que anuncian las salidas, pero no ves un ser humano por ninguna parte. Antes, en esta época del año percibías el olor de las fábricas de mantecados al cruzar Estepa de camino a Granada. Parabas a comprar, tomabas café y tal vez hablabas con algún lugareño. Ahora viajas y ni hueles, ni compras, ni hablas con nadie. De origen a destino del tirón. Si acaso, con parada en una impersonal área de servicio.

En realidad no quería escribir de autopistas, olores y mantecados, sino otra vez de lo mal que anda la profesión periodística. Lo que quiero decir es que los periodistas llevamos demasiado tiempo circulando constreñidos por carriles de autopistas que apenas nos dejan ver los pueblos por los que pasamos. Eso nos impide oler otra actualidad que la ofrecida en áreas de servicio que el poder va repartiendo en nuestro trayecto: una rueda de prensa -tantas veces sin preguntas- una declaración, un comunicado, unas imágenes ya editadas para que no haya el menor desliz…

¡Qué bien se viaja por autopista! Seguro, rápido. Más caro, pero directo al destino. El riesgo es mínimo si cumples las indicaciones de tráfico. Viajas tranquilo si respetas las normas: te incorporas por el carril de aceleración, circulas por la derecha, adelantas por la izquierda, no sobrepasas nunca los 120 kilómetros por hora fijados, abonas tu cuenta en el peaje y sales por el carril de desaceleración. Ese hábito es magnífico para viajar si no te importa perderte el paisaje, no oler el aroma de los mantecados de Estepa, ni hablar con nadie. Estamos tan hechos a las autopistas que ya no echamos de menos ni el paisaje ni el paisanaje.

Para lo que no está bien es para hacer periodismo. El periodismo se hace por carreteras secundarias, requiere hablar con lugareños, oler el humo que sale de las chimeneas, pisar el lodo de las riadas… Sobre todo, escabullirse de las áreas de servicio que tanto abundan.  Entonces irá cobrado forma un paisaje poblado de acontecimientos novedosos, sorprendentes, imprevisibles. Los periodistas deberíamos tener por lema “llenar el periódico tiene que ser cada día una aventura nueva”. O el informativo de radio o el telediario. En cambio, lo que tenemos es un periodismo tan previsible que no merece la pena ni ir al kiosco a buscar el diario. Sólo entonces veremos poblarse los medios de comunicación de historias interesantes. Y tal vez la gente vuelva a sentir que le somos útiles.

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